Cracks strike again!

Yo creía que lo tenía todo bajo control. Lo juro, durante varias semanas me sentía fuerte, poderosa, sabia lo que tenía que hacer para evitar problemas. Me hice esquemas, saqué fotos, conclusiones. La reina del enganche. El terror de las grietas.

Ay, pero no hay enemigo pequeño. Las infravaloré. Hace unos días volvieron. Mi pequeño E tuvo dolencias gastrointestinales y las tomas nocturnas se volvieron un infierno, aunque debo reconocer que el dolor no era tan intenso como el de las primeras. También esta grieta a destiempo era mucho más pequeña. Apareció la sangre por primera vez, impresiona cuando se ve en una ingurgitación o en un cambio de pañal. Resulta que, de nuevo, las grietas fueron las que me aterrorizaron a mí. Cuando el pequeño dejo de retorcerse con los retortijones y le enseñe que cuando se come no se puede estar mirando a todos lados a la vez con el pezón en la boca, poco a poco volvimos a aprender a reengancharnos y la mejoría es considerable en cuestión de un día o dos.

Nota al margen: nunca nunca nunca dar el pecho con una camiseta que apriete, aunque sea poco, algo del pecho. Te encontraras con un bulto maravilloso que tarda en irse tanto como una grieta (siempre que el bebé se enganche bien) pero que aparte de doler es súper incomodo. Avisadas quedáis.

Notas rápidas sobre pediatras

Todavía me falta mucho por contar cronológicamente hablando, pero como la vida sigue y las cosas pasan, quiero dejar constancia de la importancia que tiene la elección del pediatra en el éxito de la lactancia. Yo no elegí al nuestro por su defensa de la lactancia materna, sino que me lo recomendó una enfermera por decir uno… Llevaba tan poco tiempo aquí que no tenía criterio. Si algo había oído, es que era un señor de la vieja escuela propenso a no aceptar sugerencias de diagnóstico y de biberón fácil. Ya veréis cómo este señor rondando los cincuenta, no muy alto, serio y algo seco, me sorprendió gratamente.

Mi pequeño E. ha tenido muchos problemas gastrointestinales. Lo que parecía un simple catarro ha acabado siendo una alergia temporal a cosas que YO como. En cualquier caso, hace algunas semanas dejamos de hacer peso y aunque E. se veía contento y activo, tuvimos que hacer algo al respecto. Estábamos al borde inferior de los percentiles (no digo número porque me asusto yo sola). Íbamos a consulta cada semana, alguna incluso dos veces, para ver si progresábamos o no. Y parecía que la espera no contribuía mucho.

Ahora es cuando me pongo escatológica, lo siento pero es necesario. Cuando los bebes tienen diarrea, la enfermedad suele llevarse por delante las lactasas, que son las enzimas situadas en las puntas de los vellos intestinales encargadas de sintetizar la lactosa, que es el azúcar que lleva la leche. Si el bebe no tiene lactasas, ya podemos inflarlo de leche que no hay manera de que le alimente. Lo normal es que una diarrea no dure más de un día, cuando son feas duran unos días. Durante ese tiempo, pueden aguantar con una buena hidratación a base de teta 24/7 y con lo que vaya pillando entre las reservas y lo poco que asimile de lactosa. Sin embargo, cuando hablamos de semanas, la cosa se complica, más aún si estamos ante un bebé algo delgadito, como es el caso. Llega un momento en el que la persistencia de la diarrea no deja que se alimente y se le van acabando las reservas. Mi pequeño E. no llegó a perder peso, pero como iba creciendo cada vez se le veía más y más flaquito. En las consultas el pediatra se ponía serio, aun cuando intentaba ser positivo, sacudía la cabeza, decía algo como “no le quiero quitar la teta, pero es que como esta tan flaquito…” y yo temblaba pensando para mis adentros “Ya está. Ya nos quita la teta”. Pero el doctor siempre dejaba la decisión para la vez siguiente.

En una de las últimas consultas nos dijo que era posible que el bebé fuese alérgico a las proteínas de la leche de la vaca que le pasaban por mi leche, así que me puso a dieta privada de cualquier lácteo y derivado y nos dijo que volviésemos a los diez días a no ser que no hiciera peso esa semana, en cuyo caso tendríamos que quitarle el pecho porque tenía que engordar. También dejó muy claro que una vez que se quitaba el pecho, era para siempre…

Tocaba pesarlo dos días mas tarde. ¡¡15 gramos!! Ríos chorreando desde mis ojos, pero, ¿por qué? ¿Porque le quitaban la teta? ¡Pero si era por su bien, que no engordaba! Aun así, no sé si seria el apego, no sé si sentimiento de derrota, pero el caso es que se me presentó como un drama venezolano, mi bebé y yo ya no tendríamos esa unión nunca más. Volví corriendo al pediatra, me colé en la consulta y después de escuchar los motivos por los que teníamos que acatar el sistema de la cita previa, el pediatra volvió a reconocer a E., a sacudir la cabeza y a decir que no quería quitarle la teta… Estudió el caso un poco más y me propuso una solución un poco salomónica, o como él dijo, poco ortodoxa, porque quería salvar el pecho a toda costa. Me regaló dos botes de leche altamente hidrolizada y me dijo que, sin dejar de hacer la dieta, le diese el pecho y 60 ml (que es como el culillo de un vaso) de esa leche después de cada toma.

E. hizo 670 gr. esa semana. Yo estoy súper feliz, a pesar de saber que cuando se acabe la leche, dentro de pocos días, tendré que volver al maravilloso mundo de la relactación. Además de todo esto, visto que tengo que llevar una dieta un tanto especial, voy a inaugurar la categoría “Comercio y Bebercio” para contaros lo que puedo y no puedo comer, que como y como intento suplir lo que me falta, ¡a ver si no meto la pata!

La prueba del talón

Tanta confianza tenía en la lactancia y en mis conocimientos, que durante la prueba del talón, realizada tres días después del parto, intenté ponerla en práctica de manera un tanto radical. Dado que por los pinchazos mi bebé comenzó a llorar en la consulta, intente darle el pecho para consolarlo siguiendo la sugerencia de la enfermera. Todo esto me lo dijo con el niño puesto ya en la camilla, así que me dispuse a probar la postura de la loba capitolina para darle el pecho, porque no veía yo tan fácil el interrumpir el proceso que ya estaba a mitad para cogerlo, que se enganchase, etc. La enfermera creyó que si que era mejor que lo hiciésemos de la manera más tradicional, y yo pensando que, en fin, si te tienes que lucir en público, ¿quien elegiría la postura del misionero? Con la lactancia igual: ¿para qué ir a la postura más convencional cuando además parece que otra cumple mejor con la situación en que nos encontrábamos? A día de hoy estoy convencida de que lo habría conseguido si me hubiesen dejado, aunque en realidad no hay manera de saberlo. De todas formas, la enfermera me recordó la existencia del grupo local de apoyo a la lactancia que de tanta utilidad me ha servido despues por temas completamente diferentes. Sali de alli con mi niño en los brazos mamando hasta llegar a casa de su teta favorita, la elegida el día del parto que coincidía con la menos hinchada, la que más tarde alimentaría exclusivamente a mi bebé debido a la mastitis.