La llegada a casa

Lo cierto es que los primeros días en casa fueron maravillosos, dentro de lo que conlleva recuperarse de tamaña transformación como es tener un bebe.

Salimos del hospital después de comer y con mi lindísimo E. en el capazo llegamos a casa. Era todo tan nuevo que no sabia donde meterme de la emoción, y con la ayuda de mi pareja y mi madre comenzamos el día a día. Mi pequeñín comía muy a menudo y hacia unas tomas larguísimas, hasta el punto de que a veces me daba la impresión de que más que ser distintas tomas, me encontraba ante una única toma infinita. Aun así, también había momentos en los que se quedaba tranquilo en sus cosas, que a saber cuáles son esas cosas de un recién nacido, o echaba sus siestas, momentos que yo invertía en ducharme o dormir, aunque casi nunca eran lo suficientemente largos como para que yo pudiese terminar la tarea, y los demás acababan por entretener al niño mientras terminaba. La mayor parte de las comidas, las mías, las hacía con el niño en los brazos porque de esperar a que me diese un respiro no comería nunca. En aquellos días no sentí dolor alguno ni en el pecho ni en los pezones, sino más bien la molestia de tener el pecho muy hinchado y caliente. De hecho, un pecho se hinchaba más que el otro y aunque intentaba colocar al bebe más tiempo en ese mismo para ver si lo vaciaba, no creo que lo llegase a conseguir nunca. Tanto se hinchaba que, en ocasiones, parecía que el bebe tenía problemas en agarrarse al pezón, tan gordo y orondo que estaba pecho. Leyendo mi libro de cabecera, “Un regalo para toda la vida”, aprendí más tarde que para poder ayudar al niño a mamar de esos pechos tan llenos hay que presionar en la areola de determinada manera para retirar la leche hacia dentro y darle al pezón la elasticidad que el bebe necesita para engancharse. De saber lo que se ahora, también habría intentado sacarme la leche suficiente para bajar la hinchazón antes de tener molestias más serias, pero como yo soy una mujer fuerte que puede con todo, ¿para qué me iba a preocupar? Realmente no me molestaba gran cosa. Estaba muy confiada en las posibilidades de la lactancia. A falta de más pruebas, tómese la anécdota de la prueba del talóncomo referencia…

Unos días mas tarde salí a pasear con mi pequeñito en el carro. Que delicia, el día era tranquilo, templado, hacia sol. Acababan de pesarlo el día anterior y habia ganado peso, cuando es muy frecuente que lo pierdan en la primera semana de vida. Estaba orgullosa. Y hacia tanto calorcito y se estaba tan a gusto. Lo sentía en la espalda tan ricamente. Y también sentía como parecía que me subía la leche con más virulencia que antes. Uno de los sectores del pecho mas hinchado se puso duro y me comenzó a doler un poco. Recordé la historia de mi abuela con el sol y me pregunte si no sería lo mismo que le paso a ella. Y tenía tanta sed… Es normal tener mas sed de lo usual en la lactancia, pero aquello no me lo esperaba. Además, empecé a notar que el pecho hinchado incluso se endurecía y me dolía desde uno de los sectores del pecho hasta casi debajo de la axila. Aunque había tenido molestias previas, aquello fue un poco más allá y me consolé pensando en que era “La Gran Subida” de la leche. Qué inocente, ahora que ha pasado el tiempo me inclino más por la “La Gran Ingurgitación” que por la gran subida. De hecho fui a visitar a un familiar que es medico justo después y me comentó que vaya subidón de leche que había tenido. Mi orgullo crecía por momentos, ¡tendría leche de sobra para mi peque! Le comenté las molestias que estaba notando y me pregunto que si tenía la zona de la hinchazón roja a lo que contesté que no, a pesar de no haberlo mirado en ese mismo momento. Estuve bebiendo todo el camino hacia casa de este médico, en su casa y todo el camino de vuelta a mi casa. Tenía calor y sed. Empecé a tener mal cuerpo. Sudores fríos. Un poco de mareo. Llegue a casa y me derrumbe en el sofá, tenia escalofríos y fiebre, no podía mantenme despierta, mi hijo tenía hambre pero me rechazaba el pecho y yo solo pensaba en que podía hacer sintiéndome tan mal física y anímicamente, como estaba dejando a mi niño tan desvalido. Había llegado la inigualable mastitis…

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Estancia hospitalaria

Sigamos profundizando en la iniciación en la lactancia.

Cuando te ponen el bebé en el cuerpo, recién nacido, precioso y cubierto de fluidos, suelen hacerlo cerca del pecho para incentivar que comience a mamar. Según un estudio de 1990 en Suecia, cuanto más tiempo pase el bebé junto a la madre nada más nacer más fácil se establece la lactancia. Este estudio se realizó comparando dos grupos de bebés, uno que pasaba las dos horas posteriores al parto sobre su madre, sin lavar, sin recibir las gotas en los ojos, nada hasta después, y otro de bebés que eran colocados sobre sus madres justo después del parto durante veinte minutos tras los cuales eran lavados, se le aplicaban gotas, etc. Después de esto, se dejabqn sobre sus madres durante dos horas. Los primeros tenían más facilidad para mamar que los segundos, que son los más similares al caso español. Supongo que esto aplica sólo para niños sanos…

En mi caso no tuve tanta suerte. Cuando rompí aguas vieron que estaban teñidas, lo que significa que el bebé ha expulsado meconio, en otras palabras, se había hecho caca antes de tiempo, puesto que en teoría el bebé sólo hace caca a partir del nacimiento. También hay que decir que mi caso no era una excepción, sino que es bastante frecuente, sobre todo en los embarazos que se pasan de fecha, como el mío. Como dijo la matrona, “es una señal de alerta, pero no de alarma”. Aunque mi pequeño E. nació con los ojos bien abiertos, no lloró inmediatamente, lo que el personal sanitario aprovechó para aspirar nariz y boca y evitar así que respirase meconio, que es el verdadero riesgo. Así pues, mi bebe nació, me lo colocaron encima durante un microsegundo, indicándome claramente además que no lo estimulase, se lo llevaron y no fue hasta un rato más tarde cuando me lo colocaron, lloroso y con un gorrito de gasa, sobre mi cuerpo por debajo del camisón. No creo que ese retraso haya sido la causa de todos los obstáculos que me he ido encontrando, no obstante hay gente que amamanta sin problemas después de cesáreas y estancias en la incubadora, pero aún así me da que pensar.

Después de todo esto, con todos los puntos en su sitio y el niño limpito, tranquilo y relajado sobre tu pecho, te dejan dos horas en una habitación a solas, tiempo que mi pequeño E. pasó durmiendo junto a la teta como un bendito. También estuvo mamando de vez en cuando, yo estaba sorprendida de cómo lo hacía todo solito menos la elección de pecho; sibilinamente lo coloqué en la teta que había visto que producía menos calostro, con la intención de que produjese al menos tanto alimento como el otro. Asumía que la producción de leche posterior estaba relacionada con la producción de calostro. Pues bien, quizá esté estableciendo una relación que no existe, pero me da la impresión de que elegí por él su teta favorita.

Tras la estancia en la habitación de dilatación, donde nos dejaron descansar, nos pasaron al cuarto, mi bebé en su cunita de metacrilato. Compartía la habitación con una señora cuyo bebé se encontraba en la unidad de prematuros de otro centro. Como no podía estar con su niña y tenía varios días de hospitalización para controlar su postparto, se sacaba leche cada cuatro horas de un aparato que le había dado el hospital. Recogían la leche y luego la llevaban a la unidad de neonatos del otro centro para alimentar a su pequeña. Después de recostarme y comerme mi primer bocadillo de jamón en meses (maldita toxoplasmosis que nunca pasé), empecé a renegar de la calefacción del cuarto. ¿Cómo podía hacer tanto calor? Pues como que no hacía. Por lo visto, la subida de la leche puede dar más calor que el que se pasa en la última fase del embarazo. El resto de la noche estuvimos pendientes de si el bebé lloraba o no, quería comer o no, respiraba o no, aparte de recuperar la sensibilidad en las piernas y entender las sensaciones extrañas que tenía en los “bajos fondos”.

Durante el día siguiente, acompañada del padre de la criatura y mi propia madre, fuimos aprendiendo cosas como la expulsión de la “madeja”, que ha que controlar el pipí y la caca del bebé y que me molestaba lo mismo dar el pecho recostada, incorporada, comiendo o tumbada. Empecé a ilusionarme y pensar que la lactancia sería fácil y sencilla. Mi bebé, que había nacido largo pero delgadito, parecía a mis ojos tener muy buen apetito y estaba prácticamente todo el tiempo pegado al pecho. Supuse también que así acabarían teniendo más leche y probablemente fuese la única cosa en la que tenía razón.

La segunda noche mi bebé se durmió a las ocho de la noche y me dediqué a mirar el reloj compulsivamente cuando a medianoche me di cuenta de que no se había despertado a comer. ¿Cuántas horas podría dejar dormir a un recién nacido sin despertarlo para comer? Por un lado me parecía cruel despertarlo, aparte de probablemente lo alzaprimase, lo pondría nervioso; por otro, temía que al no comer se debilitase y tuviese una hipoglucemia. Se me recomendaba esperar, pobrecito, argumentaban. Pero a las cuatro de la mañana no pude más y llamé a enfermería. La respuesta fue muy reveladora: “pues son ocho horas, es bastante, pero hay niños que lo aguantan, tú verás”. Es decir, que hay niños que lo aguantan ¿y los otros que? ¿Se mueren? Decidí dejarme llevar por mi reprimido instinto y lo desperté. Me costó bastante espabilarlo para que se enganchase, no sé si porque necesitaba dormir más o porque se había pasado de tiempo, pero fuera como fuese acabó mamando y después de algunas horas durante las que prácticamente no nos despegamos estuvimos listos para volver a casa.

Los primeros dias de lactancia

Llega el gran día que llevas tantos meses esperando, las últimas semanas con cierta impaciencia. Te ponen de parto (o te pones tú de parto, pero esta experiencia es la mía) y después de varias horas nace tu bebé. Si no has tenido cesárea u otras complicaciones, lo normal es que nada más salir coloquen a la criatura sobre tu vientre con todos los fluidos incluidos. No importa lo rojo o morado que esté, la forma de la cabeza tras atravesar el canal del parto, si tiene los ojos hinchados, te parece el recién nacido más guapo del mundo. Bueno, esto es cierto casi siempe menos en mi caso, porque mi pequeño E. ES realmente el bebé más bonito del mundo.

Amor de madre aparte, las primeras dos horas de vida de mi bebé fueron mis primeras dos horas de experiencia con la lactancia. Hasta sólo un par de días antes no había tenido calostro, y lo comprobé porque me lo extraje de curiosidad y puro nervio. Todas las guías de embarazo y maternidad empiezan a amenazar diciendo que entre el quinto y el sexto mes quizás comiences a expulsar calostro, que esto es lo normal. En mi caso no fue así y mi cuerpo no comenzó a expulsar nada hasta después del parto. Unos días antes conseguí extraer algo a fuerza de ordeñar, pero ningún fluido salió por su propia cuenta. A mi pequeño E. no pareció importarle mucho cuando llegó y durante sus primeros días se dedicó con empeño a la ardua tarea de conseguir su propio alimento a través de su madre. No podía quejarme, mi bebé parecía engancharse medianamente bien y cualquiera diría que se quedaba medianamente satisfecho. Por mi parte, me encontraba lo suficientemente fuerte y ágil como para darle el pecho prácticamente en cualquier posición, tumbada, comiendo, sentada… Aunque notaba unos ligeros dolores. Aquí me encontré la primera diferencia entre la teoría y la realidad.

Todos los libros de referencia, siendo “Un regalo para toda la vida” de Carlos González el más renombrado, pero sin dejar de lado la misma guía del hospital, afirman que la lactancia no debe doler. De hecho, insisten en que se avise al personal del hospital en caso de que duela algo. Yo comenté este hecho un par de veces a alguna enfermera y a otras menos enfermeras y la respuesta que obtuve siempre fue “es que al principio duele”. Bien, a nadie se le ocurrió ver cómo se enganchaba mi niño, porque como a mí, madre primeriza que no estaba segura de si debía preguntar o no, no me parecía que estuviese muy mal posicionado, para qué íbamos a indagar más. Que duele y punto. Total, aguantaba bastante bien, era más una molestia que un dolor, sobre todo si comparamos con los puntos de sutura y la debilidad general por el posparto, tampoco era para exagerar. ERROR. A estas alturas no sé si debía doler o no. Como veréis más adelante, eso no fue más que el principio de un camino accidentado y difícil, pero ignoro si todo viene de mantener una mala postura desde la hora 0 a la 36. Lo que sí sé es que debería haber agotado mis recursos, enseñar mis tetas a los cuatros vientos, aburrir al personal de planta y familiares y que no lo hice.

MAMÁS FUTURAS, ATENCIÓN: Preguntad todo lo que haga falta. Por vuestro bien, si salís del hospital ignorando si hacéis bien o no las cosas, que no sea porque no lo hayáis intentado. La lactancia es maravillosa como sensación, pero sólo si no duele. ¡Haced lo posible porque no llegue a doler! (Advierto que no se pueden ofrecer garantías de éxito desde el primer día)