Estancia hospitalaria

Sigamos profundizando en la iniciación en la lactancia.

Cuando te ponen el bebé en el cuerpo, recién nacido, precioso y cubierto de fluidos, suelen hacerlo cerca del pecho para incentivar que comience a mamar. Según un estudio de 1990 en Suecia, cuanto más tiempo pase el bebé junto a la madre nada más nacer más fácil se establece la lactancia. Este estudio se realizó comparando dos grupos de bebés, uno que pasaba las dos horas posteriores al parto sobre su madre, sin lavar, sin recibir las gotas en los ojos, nada hasta después, y otro de bebés que eran colocados sobre sus madres justo después del parto durante veinte minutos tras los cuales eran lavados, se le aplicaban gotas, etc. Después de esto, se dejabqn sobre sus madres durante dos horas. Los primeros tenían más facilidad para mamar que los segundos, que son los más similares al caso español. Supongo que esto aplica sólo para niños sanos…

En mi caso no tuve tanta suerte. Cuando rompí aguas vieron que estaban teñidas, lo que significa que el bebé ha expulsado meconio, en otras palabras, se había hecho caca antes de tiempo, puesto que en teoría el bebé sólo hace caca a partir del nacimiento. También hay que decir que mi caso no era una excepción, sino que es bastante frecuente, sobre todo en los embarazos que se pasan de fecha, como el mío. Como dijo la matrona, “es una señal de alerta, pero no de alarma”. Aunque mi pequeño E. nació con los ojos bien abiertos, no lloró inmediatamente, lo que el personal sanitario aprovechó para aspirar nariz y boca y evitar así que respirase meconio, que es el verdadero riesgo. Así pues, mi bebe nació, me lo colocaron encima durante un microsegundo, indicándome claramente además que no lo estimulase, se lo llevaron y no fue hasta un rato más tarde cuando me lo colocaron, lloroso y con un gorrito de gasa, sobre mi cuerpo por debajo del camisón. No creo que ese retraso haya sido la causa de todos los obstáculos que me he ido encontrando, no obstante hay gente que amamanta sin problemas después de cesáreas y estancias en la incubadora, pero aún así me da que pensar.

Después de todo esto, con todos los puntos en su sitio y el niño limpito, tranquilo y relajado sobre tu pecho, te dejan dos horas en una habitación a solas, tiempo que mi pequeño E. pasó durmiendo junto a la teta como un bendito. También estuvo mamando de vez en cuando, yo estaba sorprendida de cómo lo hacía todo solito menos la elección de pecho; sibilinamente lo coloqué en la teta que había visto que producía menos calostro, con la intención de que produjese al menos tanto alimento como el otro. Asumía que la producción de leche posterior estaba relacionada con la producción de calostro. Pues bien, quizá esté estableciendo una relación que no existe, pero me da la impresión de que elegí por él su teta favorita.

Tras la estancia en la habitación de dilatación, donde nos dejaron descansar, nos pasaron al cuarto, mi bebé en su cunita de metacrilato. Compartía la habitación con una señora cuyo bebé se encontraba en la unidad de prematuros de otro centro. Como no podía estar con su niña y tenía varios días de hospitalización para controlar su postparto, se sacaba leche cada cuatro horas de un aparato que le había dado el hospital. Recogían la leche y luego la llevaban a la unidad de neonatos del otro centro para alimentar a su pequeña. Después de recostarme y comerme mi primer bocadillo de jamón en meses (maldita toxoplasmosis que nunca pasé), empecé a renegar de la calefacción del cuarto. ¿Cómo podía hacer tanto calor? Pues como que no hacía. Por lo visto, la subida de la leche puede dar más calor que el que se pasa en la última fase del embarazo. El resto de la noche estuvimos pendientes de si el bebé lloraba o no, quería comer o no, respiraba o no, aparte de recuperar la sensibilidad en las piernas y entender las sensaciones extrañas que tenía en los “bajos fondos”.

Durante el día siguiente, acompañada del padre de la criatura y mi propia madre, fuimos aprendiendo cosas como la expulsión de la “madeja”, que ha que controlar el pipí y la caca del bebé y que me molestaba lo mismo dar el pecho recostada, incorporada, comiendo o tumbada. Empecé a ilusionarme y pensar que la lactancia sería fácil y sencilla. Mi bebé, que había nacido largo pero delgadito, parecía a mis ojos tener muy buen apetito y estaba prácticamente todo el tiempo pegado al pecho. Supuse también que así acabarían teniendo más leche y probablemente fuese la única cosa en la que tenía razón.

La segunda noche mi bebé se durmió a las ocho de la noche y me dediqué a mirar el reloj compulsivamente cuando a medianoche me di cuenta de que no se había despertado a comer. ¿Cuántas horas podría dejar dormir a un recién nacido sin despertarlo para comer? Por un lado me parecía cruel despertarlo, aparte de probablemente lo alzaprimase, lo pondría nervioso; por otro, temía que al no comer se debilitase y tuviese una hipoglucemia. Se me recomendaba esperar, pobrecito, argumentaban. Pero a las cuatro de la mañana no pude más y llamé a enfermería. La respuesta fue muy reveladora: “pues son ocho horas, es bastante, pero hay niños que lo aguantan, tú verás”. Es decir, que hay niños que lo aguantan ¿y los otros que? ¿Se mueren? Decidí dejarme llevar por mi reprimido instinto y lo desperté. Me costó bastante espabilarlo para que se enganchase, no sé si porque necesitaba dormir más o porque se había pasado de tiempo, pero fuera como fuese acabó mamando y después de algunas horas durante las que prácticamente no nos despegamos estuvimos listos para volver a casa.